Plumas (2024)

Suave música soul sonaba por los parlantes de la camioneta roja de Emily, con ella al volante tan tensa como un elástico por reventar y, acompañándola en el asiento del copiloto, un rifle de caza recién comprado, reluciente y, ojalá, con la potencia necesaria para solucionar su situación.

En su mente repasaba lo que había visto y escuchado la noche anterior, había visto coyotes antes en su vida y sabía cómo sonaba uno, pero su mente sabía que la explicación no calzaba y, de hecho, nada en su experiencia calzaba con lo que distinguió entre las sombra de los árboles de su granja.

Una última vez, pensó para sí misma ¿Si quiera fue real lo que vi anoche?

El recuerdo estaba distorsionado sin duda por su miedo, pero sabía con seguridad que todo comenzó como cualquier otra noche. Ella en su cama, ahora un tanto más vacía por la ausencia de Harry. Otra vez se había quedado dormida con lágrimas en los ojos. De repente un aullido, un alarido desgarrador que, a pesar de estar media despierta, inmediatamente reconoció que pertenecía a uno de sus terneros. Cada segundo que pasaba era eterno, cada bramido ensordecedor, y de pronto silencio.

En medio del silencio Emily, oculta hasta el cuello entre sus sábanas, observaba como la habitación era ahora más amplia, más vacía, más oscura. Con terror bajó de su cama y sintió el frío suelo de la habitación como una punzada directamente en su médula. Tenía que ver qué había pasado, se convencía a sí misma, la granja ahora es tuya y de nadie más. Se colocó sus botas típicas de trabajo, llenas de tierra y polvo por el trabajo en la huerta, y un gran abrigo de lana que poco le faltaba para cubrir sus rodillas. Bajó las escaleras de la casa con el corazón en su garganta, sabía que no tenía con qué defenderse pero quedarse de brazos cruzados solo alimentaría su pánico. En la oscuridad alcanzó a divisar la manija del ventanal que daba al patio trasero de la casa y, con la manos temblorosas, corrió la plancha de vidrio rezándole a todos sus santos de que no hiciera ningún ruido. De pronto estaba en medio del patio, con el estómago en un nudo, agachada para no alertar al monstruo que estaba al otro lado de la cerca que separaba el patio del establo, el mismo que en ese momento se regocijaba con el sabor de la carne y la sangre de uno de los pequeños terneros que Emily criaba en su establo. El sonido de la carne siendo devorada, el horrendo estruendo que ocurría cuando la piel y el cuero se separaban de la carne del animal, el hedor sanguinolento, todo le daba vueltas en la cabeza, como la sensación de estar encerrada en una carnicería, una que ahora estaba instalada directamente en su hogar.

Lentamente Emily caminó hacia la cerca, con cuidado de esconderse entre los arbustos que la adornaban en toda su extensión. Cada paso que daba era un dolor mudo en su espalda, en sus rodillas cansadas, pero también era una respiración más agitada. Y por más que inspiraba, por más que su mente lógica le decía que debía calmarse o las cosas se irían al carajo, su cuerpo no paraba de temblar. Todo el aire del mundo no iba a satisfacer sus pulmones.

Poco a poco el olor a carroña y el ruido que el animal hacía al tragar la carne y escupir el hueso le hacian perder el control sobre su mente. Con las manos congeladas se agarró a la cerca y, con una temblorosa delicadeza, asomó poco más que su ojos y un par de mechones plateados que cubrían su helada frente.

No era uno, eran 3 los animales que gozaban la carne de su joven víctima.

Estaban a unos 30 metros del establo donde las otras vacas se acuartelaban impacientemente. Las marcas de sangre y vísceras en el suelo delataban que la criatura había sido raptada desde el establo, probablemente mientras dormía. Emily se fijó en los asesinos, unos extraños monstruos que andaban en dos patas, relativamente pequeños de estatura y con largas colas, no se parecían a nada que hubiese visto alguna vez. Lo más escalofriante era que, de no ser por la oscuridad de una noche sin luna, podría jurar que aquellas cosas eran pájaros gigantes, cubiertos de plumas marrones y unas cuantas motas negras. Pero lo más terrible de todo eran sus caras, alargadas y calvas salvo unas cuantas motas de plumaje en el contorno de sus rostros teñidos con sangre. Un dolor en su espalda baja la obligó a acomodarse, pero en el proceso una pequeña rama crujió, un sonido corto, instantáneo y seco. Pero suficiente para que los monstruos levantaran su vista a la cerca.

Emily sintió el pánico invadir su cuerpo, sus músculos se tensaron tanto que pensó que se romperían y, sin darse cuenta, comenzó a temblar de pies a cabeza. Estaba lista para correr pero no quería precipitarse, aún tenía la esperanza de que la interrupción de la masacre solo hubiese sido por precaución de los monstruos y no la búsqueda de otro aperitivo. Una eternidad pasó en su cabeza, se abrazó a sí misma y conteniendo las lágrimas se repitió una y otra vez “no quiero morir”.

De pronto el silencio de la noche fue roto por el ruido de las bestias arrastrando el cuerpo del animal. La forma en la que las criaturas se movían sin hacer casi ningún ruido era inquietante, casi como si no tuvieran que hacer ningún esfuerzo para mover los poco más de 100 kilos que pesaba el animal. Emily se asomó una última vez, aún temblando y con la visión borrosa por las lágrimas.

Y ahí donde estaba quedó paralizada.

Mientras dos de las bestias arrastraban lo que quedaba del cadáver del ternero una se volteo. No sabía si era la paranoia, el pánico o el estrés jugando con ella, pero algún lugar de su inconsciente estaba convencida de que la mirada era mutua, como si aquella criatura supiera, desde un comienzo que estaba siendo observada. Dos ojos amarillentos coronados por una redondas y oscuras pupilas la miraban desde la oscuridad, acechándola. La criatura se irguió, iluminada por la luz de la luna, tan alto como si estuviera tratando de mirar por sobre la cerca. Tras unos segundos la criatura alzó su cabeza, un largo y profundo ulular que rompió con el silencio nocturno.

La camioneta finalmente alcanzó el camino principal hacia su granja. Emily ya no sudaba pero su estómago se retorcía por los nervios. Tenía miedo, pero ya había visto a los intrusos y sabía que tenía tiempo para prepararse. Esa tarde iba a defender su granja de aquellos monstruos, o hacer todo lo posible antes de que se escondiera el sol.




Comentarios

Entradas populares de este blog

Algunos cambios y dolores de crecimiento

El Gran Colapso