Moho negro

Mi cabeza daba piruetas punzantes que torturaban mis sienes. Llevaba más de 20 minutos esperando el llamado en la consulta médica a la que refirieron y la paciencia que tenía iba siendo carcomida a cada segundo por la sensación de dolor, las nauseas y los retorcijones de tripas.

"Paciente Héctor Pizarro, el doctor Felipe Pullman lo espera en la consulta N°5".

Me levanté de la destartalada silla de la sala de espera y caminé por un largo pasillo de blanco que me señaló una enfermera. La luz era un combustible increíble para la migraña que me atormentaba y la palidez de las paredes solo potenciaban su efecto, a tal punto que creía haber pasado ya más de una veintena de puertas sin llegar a la que me correspondía. Hasta que, finalmente, un gran y rojo número 5 me sacó de mi estado catatónico.

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Estaba a punto de llamar a la enfermera para que revisara bien si el siguiente joven había, de hecho, tomado la ruta correcta hacia la consulta. No era la primera vez que uno de estos se perdía entre pasillos que no le correspondían. Al ver su historial base mi hombros se relajaron; 24 años de edad, peso y estatura promedio, ninguna condición crónica o enfermedad fuera de lo normal. Aún estaba a tiempo.

Y de pronto el chirrido de la puerta del despacho lleno mis oídos.

Era un chico delgado, vestido con una camisa y pantalón que le quedaban al menos dos tallas demasiado grandes, y tras unos mechones de pelo castaño llevaba una cara de moribundo que parecía nublado por altas fiebres y molido por los efectos de un estómago que no decidía si aceptar o rechazar algo en descomposición.

¿Doctor Pullman? —Preguntó el muchacho con dificultad— Siento la demora pero creo que me perdí entre los pasillos.

Llegaste al lugar indicado chico. No hagas mucho esfuerzo, te ayudaré.

Lentamente lo llevé a uno de los sillones del despacho, atento a cualquier indicio de que sus claras nauseas sobrepasaran su aguante. Una vez que se recostó en el diván pasé a ocupar mi lugar en un sillón que lo enfrentaba, quizás juzgué demasiado rápido el caso. Respiré hondo.

Bueno Héctor, permíteme presentarme. Soy el doctor Felipe Pullman, soy un doctor general pero me especializo en medicina holística. Eso quiere decir que, además de examinarte como lo haría cualquier otro doctor general, me ocupo de que tu salud incluya también aquello que tiene que ver con tu mente y el equilibrio saludable que existe entre ambas partes. Ahora déjame preguntarte ¿Que te trae por acá?

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Estando acostado sentía que las cosas se movían menos. Respiré hondo, sintiendo un picor en la garganta. Mi vista se aclaró un poco y me alivié al ver que el doctor parecía joven, no debía tener más de 10 años que yo, usaba el pelo hasta los hombros y sus ojos claros parecían llamarme a través de sus grandes anteojos redondeados. Seguro que el me tomaría en serio.

Realmente perdóneme el numerito doctor, esta va siendo mi tercera consulta y, como verá, esto no ha hecho más que empeorar. —No había escuchado bien su presentación pero de igual forma no debía ser agradable ver a alguien llegar así pensé.

Tranquilo Héctor, no eres la primera persona que se pierda en el camino a mi despacho.

El doctor se acomodó en su sillón, tomó un bloc de notas y comenzó a rayar

Ahora, comentame ¿Que te trae por aquí? Me dices que te has visto ya con otros médicos ¿Que te han dicho ellos?

La cabeza me daba menos vueltas que antes. Estar acostado en el diván aclaraba mis pensamientos y la voz del doctor entro cristalina en mi mente.

Hace dos semanas comencé con mareos. Siempre he sido propenso a los dolores de cabeza pero esto desde el primer día lo sentí distinto. A los días comenzaron los dolores abdominales, llevo de hecho sin comer más que unas rodajas de pan tostado diarios hace una semana. Y hasta hace poco comencé con la tos... Tos seca quiero decir. —Aún no le podía decir la verdad del todo, no me creería.

El doctor se volvió a acomodar. Me miraba mientras le hablaba y al terminar se volcaba a rayar su bloc de notas.

Entiendo. Imagino que otros doctores te habrán recetado antibióticos y otras cosas para tratar ¿No? —El doctor rayando cada vez con más fuerza en el bloc, el sonido del papel me erizaba la piel.

Si. Tengo una pequeña farmacia ahora en mi cocina ahora, pero nada ha hecho efecto. —Sentí como la garganta se me apretaba conteniendo la frustración, una lágrima logró escapar.—No entiendo que será, partió un día y no he logrado mejorarme.

El doctor dejó de escribir. Lo sentí respirando hondo y, tras un momento, levantó la cabeza para mirarme.

Admito que tienes un conjunto de síntomas verdaderamente extraños, pero lo que más me preocupa es el avance de todo esto. Dijiste que esto "partió un día" ¿Podrías decirme si hubo algo en particular el o los días previos a tus síntomas?

Dude un momento. Pero ya no había más caso, quizás debí haber dicho la verdad desde el principio. Respiré con dificultad.

Un sueño. —dije casi murmurando.

El doctor sonrió levemente.

Por favor Héctor no te avergüences de esto, quiero que entiendas que estoy aquí para ayudarte y que tratar tu mente también es parte de mi trabajo.

Escuché como el bloc de notas caía en el escritorio junto al lápiz y unos cajones se abrían. Mi visión se nublaba a ratos, la bata blanca que llevaba el doctor era como una estela que se movía a través de la habitación buscando algo. Tras unos instantes escuché las pisadas acercándose y el leve chirrido del sillón arrastrándose hasta estar encima mío. De pronto vi al doctor, sostenía una pequeña grabadora en sus manos.

Probando, probando... Perfecto, aún funciona. —Se sacó los anteojos y se acomodó nuevamente en sillón.— Héctor, creo que un factor esencial para entender que sucede contigo es entender el estado de tu mente. Los sueños son un reflejo de nuestra vida interior, los buenos funcionan como un elixir en tiempos de descanso y los malos suelen actuar como una alerta ante el cansancio y el estrés. Con tu permiso quisiera grabar esta sesión para poder examinar con más detalle que ocurre contigo, quizás de esta forma podríamos encontrar cuál es el elemento de tu cotidianidad contra el que tu mente quiere protegerte. Suena extraño pero la mente es poderosa, tanto así que casos como el tuyo, donde el cuerpo enferma sin motivo o solución aparente y la culpable es la propia mente, podría contarlos en las decenas.

Volví a dudar. Ahora, un poco más claro de mente, pensé sobre las posibilidades que me quedaban de mejorar sin probar todos lo métodos. Al menos todos los que aún podía pagar. Suspiré y asentí.

¡Perfecto! —Exclamó el doctor.— Comenzaré entonces.

El aparato emitió un leve pitido y comenzó a zumbar en un registro bajo.

Inicio sesión. Soy el doctor Felipe Pullman en observación del paciente Héctor Pizarro, Héctor ¿Podrías confirmar tu identidad?

Sin esperarlo me acercó el aparato a la cara. Me costó entender lo que pasaba pero respondí:

Si, confirmo. Eh... Mi nombre es Héctor Pizarro.

Excelente. —Replicó el doctor volviendo a acercarse la grabadora.— La presente grabación se realiza en relación al tratamiento del paciente que, a la fecha, ha experimentado nauseas, migrañas, dolores abdominales sin especificar y tos seca. El paciente ha declarado haber rastreado el inicio de estos síntomas a un sueño ocurrido hace dos semanas. La siguiente grabación corresponde al relato del paciente sobre su experiencia.

El aparato dejó de zumbar un instante.

Perdoname si esto fue algo extraño Héctor. —Dijo el doctor.— Debí mencionarte que antes de la grabación debo hacer una identificación del caso ¿Estás listo para contarme tu sueño?

La respiración, sentía, me costaba cada vez más. Mejor cualquier cosa que nada, pensé. Asentí con la cabeza y el zumbido de la grabadora volvió a mis oídos.

Héctor, cuéntame ¿Que fue lo que soñaste?

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El cielo se teñía con los colores del anochecer. La oficina, en cambio, se llenaba con la luz artificial de 20 computadoras encendidas corriendo informes, modelos, inventarios y una docena de tareas que nadie entendía.

Héctor había pasado las últimas 6 semanas tratando de arreglar unos errores del sistema informático, una tarea no solo tediosa por si misma, sino también por la falta de una oficina propia. El zumbido de las computadoras, la cafetera destartalada que se esforzaba de sobremanera por un simple café expreso, el rechinar de las sillas reclinándose y las puertas moviéndose; todo a su alrededor parecía esforzarse implícitamente con el afán de producir una cacofonía ensordecedora para ahogar sus sentidos y el pensamiento lógico mínimo necesario para si quiera mirar la pantalla. Ya era tiempo de partir.

El reloj marcaba múltiples números a la vez, incapaz de decidirse por uno solo. De igual forma se había puesto oscuro, ya había que comenzar el viaje de vuelta. Héctor se levantó, un vórtice de pequeños hábitos inundaron los vacíos temporales que quedaban indescifrables para una mente adormecida, y pronto se vio a si mismo caminando por los pasillos del complejo farmacéutico para el que trabajaba. Una docena de sombras le pasaban por el lado solo para aparecer y desaparecer tan rápidamente como el se percataba de su presencia. Su mirada, sin embargo, estaba fija en el único artefacto que parecía brillar con un aura de confort. El ascensor que lo llevaría al hall central, que lo llevaría a suelo y lo acercaría, aunque fuera solo un poco más, a sus preciadas horas libres que le quedaban entre la llegada a su apartamento y su aterrizaje en el colchón de su habitación.

De pronto se encontró solo en el ascensor. Su santuario transitorio había tomado un nuevo halo de oscuridad que solo podía visualizar en la pequeña pantalla led de dígitos rojos que indicaba un destino imprevisto, la planta -6.

La desesperación llenó el pecho de Héctor cuando comenzó a apretar la botonera sin respuesta. Mantener presionado el botón no servía. La bocina de emergencia respondía a su creciente ansiedad con silencio. Tal parecía, nada quedaba para hacer más que esperar y pedir que las escaleras de vuelta fueran misericordiosas con su cansado cuerpo. Pero cuando las puertas de su celda metálica se abrieron solo encontró una quieta oscuridad. Saltando momentos en el tiempo, viéndose a si mismo hundirse en la perplejidad, luego en el pánico y diluyéndose en la miseria ante la falta de señal telefónica. Resolvió, finalmente, que el ascensor no volvería a subir. Tendría que buscar su propio camino entre la oscuridad.

Los primeros pasos fueron los más difíciles. Se asomó fuera del ascensor, rogando para si mismo que ojalá hubieran más ascensores que llegaban a este piso misterioso que se había manifestado de la nada. Ojalá que alguien hubiese colocado una escalera de emergencia. Ojalá que si quiera haya un cobertizo de servicio para llamar la atención de alguna manera.

Nada, al menos nada más que un largo pasillo oscuro que se extendía frente a las puertas del ascensor y que a la lejanía parecía eventualmente llegar a una bifurcación iluminada por pequeños reflejos rojos.

Al salir al pasillo sus pasos hacían eco a la lejanía, reverberando con una espeluznante claridad entre los húmedos muros grises que lo encerraban. Lentamente haciéndose paso a través de subsuelo comenzó a repara en que el pasillo se veía interrumpido cada ciertos metros por altas puertas de seguridad, cada una rodeada por una hilera entrecortada de luces rojas y acompañada de pequeñas pantallas que se iluminaban con información: temperatura, humedad, estado de conservación. Un almacén de fármacos subterráneo debía ser, pensó Héctor.

Siguió caminando a través de las instalaciones, tomando el pasillo izquierdo en la bifurcación que había visto al comienzo con la esperanza de ver algún punto de control u oficina que pudiera serle de ayuda. Pero todo lo que veía era más pasillo, de hecho, uno más largo que el anterior. Los nervios que se habían calmado volvieron a florecer en su piel. No tenía sentido la estructura del lugar, de lo contrario, y siguiendo la disposición de pisos superiores, ya debería haber llegado a un muro. Al ver lo que se encontraba frente a sus ojos se dio cuenta de que ese lugar debía abarcar al menos 6 cuadras a la redonda de su oficina. Su cabeza daba vueltas. Pero no había caso en dar la vuelta a un ascensor que no lo llevaría a ningún lado.

Su paso se aceleró. Dobló por pasillos aquí y allá, esperanzado de que en algún momento dejaría los muros grises y las puertas de seguridad. Y de pronto una punzada extraña atacó su pecho. Una tos violenta lo sacudió y tiró al suelo. Las lágrimas de frustración y miedo comenzaron a correr por sus mejillas. Solo, perdido, confundido, esas y varias palabras más salieron tropezando de su pecho tropezando con ligeros espamos de la tos que lentamente iba desvaneciéndose.

Cuando hubo silencio nuevamente sus oídos captaron un ligero siseo. Podía ser una tubería rota, un ducto de ventilación mal instalado o mil otras cosas más que se escapaban de su imaginación, pero entre la curiosidad y desesperanza Héctor se puso de pie con la esperanza de que encontrar la fuente del sonido que cortaba el silencio en ese laberinto subterráneo era el único camino que tenía sentido recorrer.

No debía ser muy lejos, pensaba mientras caminaba por el oscuro pasillo. Dobló 2 esquinas, con cada vuelta aumentando una sensación de la que solo se había dado cuenta tras el ataque de tos: el aire se sentía pesado, húmedo y cálido, al menos demasiado como para ser una bodega de fármacos. Cada paso que tomaba mientras se acercaba a la fuente del sonido lo iba obligando paulatinamente a respirara con más esfuerzo. La imagen de un sauna apareció en su mente con cierto desagrado. Y el olor.

Tras la tercera esquina enfrentada vio a mitad del pasillo una de las puertas de seguridad abiertas, el ambiente era más pesado que antes y a eso se le sumaba un nuevo elemento. Un hedor nauseabundo a putrefacción se había hecho presente poco antes de tomar la bifurcación pero ahora, frente a lo que parecía su origen, se transformó de pronto en una barrera de aire muerto.

Héctor se fue acercando con precaución. Vio que la puerta de seguridad se encontraba abierta hacía un lado dejando expuesta la pantalla de información que la acompañaba, y se fijó que únicamente en ese aparato los símbolos que había visto anteriormente titilaban con una luz roja. Pensó que solo podía ser una emergencia de contención, algún problema con la regulación de temperatura quizás. Indistintamente de la verdad tras la extraña anomalía, se armó de valor, se tapó la nariz y caminó hasta la puerta en busca de algo que pudiera ayudarle a salir de aquel sótano.

El aire que salía por la puerta era denso, un vapor que se condensaba en su cara y precipitaban a lo largo de su cuello. El olor, que antes había parecido insoportable, comenzaba a revelar ciertos tintes dulces. Al asomarse ante el pórtico un escalofrío recorrió su piel. A juzgar por la estructura, ante el había un habitación de tamaño modesto, quizás del porte de la sala de estar de su humilde departamento. Pero la oscuridad que había en ese habitación era palpable, incongruente con la idea de un almacén de fármacos. La realización pronto llego a su cabeza: frente a el había algo oculto en la oscuridad.

Tembloroso palpó sus bolsillos en busca de cualquier cosa que pudiera servirle para defenderse, hasta que sus dedos rozaron el rectángulo plástico que había olvidado hasta ese momento. Su teléfono. Apenas tenía carga pero aunque fueran unos segundos le serviría. Aferrando el aparato con todas sus fuerzas lo levantó ante si y se preparó para activar la linterna. Se dio un segundo para prepararse y, con su estómago doblándose en agonía, encendió la luz.

Ante el se extendía una habitación que no podía ser más grande que el modesto estar de su apartamento de un ambiente. Paredes grises, manchadas por la humedad y algo más. En el centro una masa amorfa, un extraño ser que se movía ciegamente golpeando contra las murallas produciendo un leve sonido similar a un chapoteo pero terriblemente grave. No parecía fijarse en Héctor, pero los nervios lo hicieron saltar un paso atrás. Fue entonces, entre los movimientos de la cosa oscura que se movía en la pequeña habitación, que el suelo quedó al descubierto, revelando oscuras pozas rojizas que se coronaban con restos de huesos y carne ennegrecidos repartidos en todas direcciones. Tuvo que aguantar las arcadas, el golpe punzante del olor había pasado a segundo plano en contraste con la súbita presión que sintió en la boca del estómago.

Se giró camino con pasos temblorosos por el pasillo fuera de la habitación, su cabeza se sentía ligera, las tenues luces ahora demasiado brillantes, saliva caliente caía de sus labios. El chapoteo seguía repicando desde la habitación ahora a su espalda. Y de pronto otro chapoteo sumergió sus oídos en un terror paralizante. Miró a todos lados, solo estaba abierta la puerta que había dejado atrás, pero el ruido estallaba contra los muros grises como un pesado martillo, húmedo y grave, pero ahora con sustancia, y donde uno aparecía pronto otro emergía. Su mente no quiso hacer la conexión en el instante pero de un momento a otro se dio cuenta de lo que sugería tal patrón sincronizado, pasos.

Una silueta se comenzó a dibujar desde la última esquina que había tomado. Un agudo instante de duda atravesó su mente, podrían ser ayuda, podría ser otra víctima del ascensor desobediente. Pero después de lo que vio encerrado en ese sótano las posibilidades que se desplegaban en su mente nerviosa no hacían más que empeorar. Parecía una persona, al menos hasta donde la oscuridad dejaba ver, pero sus rasgos oscurecidos levantaban un aire nervioso que hacia desaparecer el resto del mundo. Por un momento solo habían dos seres en toda esa vasta expansión de celdas y corredores, Héctor y aquella cosa. La luz roja comenzó a alcanzar la superficie de aquel ser y solo se escuchó un leve gemido producto de aguantar un grito. No era una persona, al menos ya no lo era. Su silueta humanoide ocultaba manos con dedos elongados, pies deformados al punto de ser más similares a un par de pilares de carne y la cabeza, si es que se le podía decir así, tenía una forma redondeada con rugosidades que le recordaban a un hongo xilófago, y su piel, grisácea con manchas oscuras, se extendía como un moho negro lleno de miles de pequeñas esporas como matas de pelo que cubrían gran parte de su torso y rostro.

La piel de Héctor se erizó por completo. La criatura se acercaba, lenta y pesada, pero con seguridad en su dirección. Sus músculos se tensaron y por un momento pensó en rendirse ante el mareo, el miedo y el pánico que nacía de la idea de que correr no le serviría de nada en un laberinto que no tenía seguridad de tener salida. Y aún así corrió.

Apenas se dio cuenta de la fuerza con la que sus piernas chocaban contra el suelo. Solo escuchaba como la criatura se acercaba, y de alguna forma estaba cada vez más cerca. Su cabeza orbitaba pensamientos de ruina y desesperación, los pasillos se confundían mientras chocaba contra los muros grises y sus piernas ardían tratando de alejarse de los húmedos pasos que se escuchaban pocos metros tras de si. En un momento su cuerpo hizo contacto contra uno de los muros, un instante breve, pero suficiente para mirar por solo unos segundos a su espalda la criatura corría en cuatro miembros, y no parecía cansarse como el.

La imagen le nublo la vista, el tiempo se distorsionó y sintió como su garganta se secó, la oscuridad del lugar no lo quería soltar y se quería asegurar de que así fuera.

Y tras una esquina una luz.

Un ascensor se abría al final del pasillo. La luz led blanca era enceguecedora y lo único que ocupaba su mente era llegar a estar ahí, tras las puertas cromadas que le prometían seguridad desde la lejanía. El pensamiento de que hacer una vez allí era un problema para después. Corrió con todas sus fuerzas, su pecho le quemaba, las piernas le pedían rendirse y su cabeza apenas alcanzaba a mantenerse mirando en línea recta. Hasta que lo logró. Su cuerpo cansado chocó de frente contra la pared posterior del ascensor y de un solo movimiento frenético apretó todos los botones que habían en el panel de control. Una alarma comenzó a sonar acompañada de una luz roja y amarilla que llenaron el pequeño espacio, era ensordecedor pero pronto las puertas empezaron a cerrarse. Miró el pasillo, la criatura había llegado. Las puertas del ascensor estaban a la mitad y aún así no fueron suficiente, la criatura se interpuso entres ambas placas que seguían cerrándose con esfuerzo, el chirrido metálico del esfuerzo mecánico ahogaba el ruido de la alarma. Héctor trató de refugiarse al fondo del pequeño espacio mientras la criatura luchaba desesperadamente por alcanzarlo a pesar de tener menos de la mitad del torso aplastado por las puertas de metal que se manchaban con una espesa sustancia negra. Los dedos de la criatura se agitaban en el aire rozando por pocos milímetros la ropa de aquel hombre aterrado. Hasta que un crujido húmedo dio por terminado el episodio. Las puertas se cerraron violentamente y la parte superior de la criatura cayó al suelo, agitándose en espasmos violentos. Y de pronto la alarma paró, la luz se apagó para dar espacio a la luz blanca y ligero zumbido mecánico del ascensor comenzó a subir de tono indicando movimiento.

Héctor estaba blanco, paralizado contra el muro. Las piernas no paraban de temblar y su cuerpo lentamente iba cediendo ante el cansancio y el pánico. Su cabeza dió vueltas hasta que se sintió a si mismo sentarse por acción del peso de su cuerpo, la claridad con la que lo veía todo lo dejó sin palabras. Su vista comenzaba a nublarse entre jadeos desesperados y pronto su cuerpo cayó rendido. Sintió el frío del suelo del ascensor, sintió los dedos de la criatura como lánguido cuero que se extendido entre largos huesos que tocaban su pecho y, mientras su vista se iba a negro, sintió como pequeñas pelusas y partículas de polvo se colaban entre sus jadeos cada vez más lentos.

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La luz seguía de la habitación seguía siendo demasiado brillante. Contar el sueño me había dado cierta paz mental pero el cuerpo me traicionaba cada vez más, la garganta se me secaba y la tos me atacaba hasta escupir flemas enrojecidas por el contenido sangriento que guardaba en un pañuelo en el bolsillo. Tenía que mantener los ojos cerrados y jadeaba. Ya había hecho mi parte y el doctor seguía ahí, sentado en silencio. El zumbido de la grabadora se detuvo con un repentino clic. Abrí los ojos y el doctor estaba con una sonrisa garabateando cosas en un bloc.

Héctor lo que me cuentas, y te seré tan sincero como pueda, me preocupa bastante —dijo en un tono que hizo completa contradicción con su cara despreocupada.— Te cuento que de todas formas te haré una receta para algunos medicamentos que aliviaran tus síntomas, pero quiero que entiendas que hay mucho de lo que te pasa que está en tu cabeza.

¿En mi cabeza? ¿Quiere decir que tengo algún problema mental? —mis palabras salieron con un enojo cansado que no pude expresar del todo. Quizás volví a levantar de nuevo mis expectativas.—

¡Para nada! Para nada Héctor, lo que te estoy sugiriendo es que, tal como uno se predispone mentalmente a ciertos resultados o situaciones, hay veces en las que el cuerpo responde con enfermedades, cansancios extremos y un sinfín de otros males ante cosas que enterramos en nuestra psique para estar "bajo control".

¿O sea que mi enfermedad se debe a que estoy evadiendo pensamientos? —Me hacía sentido, pero como era la primera vez que escuchaba este razonamiento no podía si no cuestionarlo. Llevo estresado demasiado tiempo: mi madre murió hace apenas unos meses, me relación está en un punto de quiebre y el dinero no está cubriendo todo. Quizás algo de razón haya en lo que dice.— Me hace sentido hasta cierto punto.

De todas formas como te decía te recetaré unos medicamentos pero, además, te haré una recomendaré un colega psiquiatra. Es muy bueno, me ha ayudado con varios pacientes y más de uno en condiciones como tú.

El doctor terminó de garabatear en su bloc. Mientras me reincorporé lo vi de reojo y algo raro había en su mirada, la sonrisa había desaparecido y su expresión se amargó mientras guardaba su grabadora y un pequeño cuaderno que había usado durante la sesión. No era suficiente para alarme, podía ser genuina preocupación. No tengo energía suficiente como para preocuparme de una cosa más. Se acercó a despedirme, me dio la mano una palmada en la espalda.

Un gusto Héctor, aquí tienes la receta y la recomendación. Realmente espero que te encuentres mejor dentro de pronto y, en caso de cualquier cosa, no dudes en volver.

Su cálida presencia se sobreponía a la incomodidad generada por ese último momento de extrañeza. Le agradecí de corazón, realmente creo que tocó algo que otros doctores no vieron. El cuerpo seguía fallando, cansado, desesperado por volver a sentir el pecho liviano y la cabeza bien puesta sobre mis hombros. Salí por la puerta de la consulta, esperanzado como no había salido de otras. Esta vez quizás había sido mi última visita al doctor.

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Héctor Pizarro dejaba la consulta. La puerta se cerró y la fachada por fin se cayó. Me dolían las mejillas pero la sonrisa fingida había sido suficientemente entrenada para saber que había funcionado.

Me tuve que sentar en el sillón, la silla del escritorio era demasiado firme como para dejarme caer como quería, y una vez ahí realmente deseé un cigarro. Me quité los anteojos y el pelo de la cara, pero la inquietud seguía conmigo. Dormiría una hora, pero primero tenía que seguir el protocolo. Me levanté al escritorio y en el último cajón seguía la caja metálica que ya había visto al menos una docena de veces, aún quedaban dosis pero sabía que unos tres o cuatro casos más y tendría que hablar con Carlos para que me haga otra entrega. Eran frascos diminutos pero el coste de cada uno era al menos 6 años de mi sueldo, y ahí estaba yo, con la liga a la altura del bicep inyectándome una dosis de precaución por la exposición.

La grabadora y el cuaderno de notas se asomaban por el segundo cajón del escritorio. Era casi gracioso pensar en lo simple que era el engaño y lo efectivo que era para confirmar lo que cientos de cámaras ya habían hecho, asegurar que los especímenes no entraron en contacto directo y solo fue un contacto por exposición, confirmar que los efectos de los narcóticos usados hubiesen sido efectivos en la disolución de ciertas memorias de forma temporal. Definitivamente no me gustaría estar del otro lado.

Siempre me da un mareo tras la inyección pero ya comencé a acostumbrarme, habrían más a futuro y era un alivio saber que tenía herramientas para protegerme. Pensé en el protocolo. Me senté en el escritorio y activé el comunicador con recepción.

Hola Clara, aquí el doctor Pullman. Te quiero pedir que porfavor canceles el resto de mis visitas de la tarde, me solicitaron de nuevo de la farmacéutica.

Claro doctor, no hay problema, dejaré los cambios en el sistema y me ocuparé de hacer las llamadas.

Gracias Clara, que tengas una buena tarde.

Pasar desapercibido en aquella pequeña clínica atacaba los nervios. La sensación de estar tan limpio por fuera resaltaba los tratos que callaba hacia adentro. Investigación, dinero y reconocimiento, algunas las podía conseguir ahí ¿Pero las 3 juntas? Eso exigía otros métodos.

Tomé el teléfono y marqué el número de siempre.

Carlos, buenas tardes. Si, el señor Pizarro definitivamente fue el responsable de la pérdida del espécimen. No te preocupes buen amigo, a juzgar por su condición, pronto tendrás otro.

Sentía los músculos adoloridos de la cara de nuevo. Pero esta vez la sonrisa era real.

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